mi sentimiento de culpa
Bebé prematuro

Mi sentimiento de culpa

La culpa es un sentimiento que nos persigue a las madres (y a los padres) desde el mismo momento que decidimos tener un hijo. Se convierte en nuestra segunda sombra. Ahí, siempre pendiente de nuestros movimientos.

La culpa en el embarazo

La culpa está contigo desde que te haces el test de embarazo, esos segundos hasta que aparece la segunda rayita. Entonces, cuando ves aparecer la segunda rayita, la mente se dispara y te empiezas a preguntar si ese bocata de jamón que te comiste hace un par de días y que te supo a gloria puede afectar al bebé, porque has leído y oído mucho sobre la toxoplasmosis. O si el paracetamol que te tomaste esa misma mañana para disipar el dolor de cabeza puede provocarle algún daño a tu bebé. Y con todas estas dudas y culpas te vas a ver a tu matrona, que te tranquiliza.

La culpa no te abandona durante el embarazo, asoma de vez en cuando. Cuando vas a las ecografías, ahí está como un espectador más, pero se disipa cuando te dicen que todo va bien. Pero vuelve veloz cuando te piden que te subas a la báscula para pesarte, entonces te acuerdas de ese bollo que te has comido con un café (descafeinado, por supuesto) a media mañana y piensas en que ojalá no te lo hubieses comido.

Pero ¿qué pasa cuando el embarazo se tuerce? En nuestro caso, con el pequeño guerrero todo fue bien hasta la semana 25, a partir de entonces, la culpa fue una más de la familia. ¿Qué había hecho yo para que la placenta no le alimentase en condiciones? ¿Sería aquel viaje de trabajo a Oporto que hice días antes de que me diesen la baja por culpa del CIR? ¿Serían los madrugones para ir a trabajar? o ¿tal vez el ajetreo de tener otro niño de corta edad al que atender? Son preguntas para las que nunca tendré respuesta y que los médicos tampoco han sabido contestarme. En esas preguntas sin contestar la culpa anidó y se hizo su hueco para quedarse para siempre.

En el post parto

Si cuando llegas a casa con tu bebé nacido a término y sanote te asaltan mil dudas, imagínate cuando es un bebé prematuro y con bajo peso. Claro, como no estás segura de si va todo bien, pues vuelve la culpa a lo grande.

En nuestro caso, además del bajo peso, el pequeño tuvo una bajada de hierro y algunas glucemias que no sabían de dónde venían. Cuando le dieron de alta, entendíamos que estaba todo bien. Nos dijeron que en casa no teníamos que controlar sus niveles de azúcar como a los diabéticos, simplemente darle de comer a sus horas y ahí vuelve ese sentimiento ¿Le estaré dando lo suficiente?

Vuelta al trabajo

Aquí ya la culpa se hace un ático con tu vida. Sobre todo, cuando ves a tu bebé tan chiquitín y tan dependiente de ti, pero tienes que volver a trabajar. Vuelta a los madrugones, a los horarios y a las prisas. Cuando crees que has conseguido instaurar una rutina, un catarro, una fiebre o alguna «itis» hace acto de presencia y descabala tu vida. Ves que no llegas a todo, aunque delegues. Y te culpas por tener que trabajar y no poder estar con tu bebé prematuro, que te necesita, tanto como el otro niño pequeño que te reclama.

La lactancia y la culpa

Si a todo lo anterior sumamos que yo tenía claro que dejaría de dar el pecho cuando volviese a trabajar (por circunstancias que ahora no vienen al caso), la culpa puede contigo. Creo que en mi maternidad, la lactancia es la que más ha alimentado mi sentimiento de culpa.

Primero, porque pensaba que no tenía suficiente leche para mi niño. Queda demostrado que no es así, porque el niño va cogiendo peso y creciendo, aunque sea a pasitos muy pequeños. Segundo, porque a veces le daba biberones. De hecho, más de alguna toma tenía que completarla con algún biberón. El niño se agotaba al pecho y le resultaba más fácil tomar un biberón, el esfuerzo era menor. Tercero, porque no prolongué la lactancia más allá de sus primeros seis meses.

El instinto

Lo tenemos todas las madres. Te sale solo y crece en la misma medida que la culpa. Lo único que es tímido y a veces se esconde, pero sabes que está ahí y ¿sabes cuándo está ahí? Cuando ves a tu bebé sonreírte al verte, cuando le ves dormir plácidamente o cuando le llevas de paseo en su silla y va señalando todo lo que le llama la atención. Entonces, es cuando el instinto le gana la batalla a la culpa y te puedes decir alto y claro: «Lo estoy haciendo bien«.

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Cuando toca viajar por trabajo
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Cuando toca viajar por trabajo

Hace apenas quince días que me he reincorporado al trabajo después de una larga baja por maternidad. Yo diría que aún estamos en pleno proceso de adaptación, tanto en casa como en la oficina. Nos hemos encontrado con muchas nuevas rutinas a las que tenemos que ir adaptándonos todos, niños y adultos.

Al reincorporarme, mi jefe me preguntó mi disponibilidad para viajar en apenas unos días. Tras la sorpresa inicial, le dije que no tenía problema, aunque mentalmente estaba pensando en la logística doméstica. También he de decir que sólo he pasado una noche fuera de casa. He ajustado el programa de mi viaje lo más posible para pasar el menor tiempo posible fuera de casa. También es verdad que mi jefe conoce mis circunstancias personales y fue comprensivo cuando le dije que pasaría fuera de casa el menor tiempo posible.

Esta primera experiencia no ha ido mal, aunque sí que es cierto que pensaba a menudo en mis chicos. Además, ha coincidido con la primera excursión del mayor en la guarde. Han sido dos días, pero cuando volvía a casa me parecía que había pasado fuera una semana.

Cuando toca viajar por trabajo

El día que me iba tuve la suerte de que el pequeño se despertó pronto con hambre, así que pude darle un beso antes de salir para el aeropuerto. El viaje fue pesado, pero al final en mi destino tenía reuniones y visitas que hacer que poco tiempo me daba a pensar en mis chicos, aunque cuando veía un tranvía sí que pensaba: «¡uy! cómo le iba a gustar al mayor» o cuando veía a una mamá empujando una sillita por las calles adoquinadas también me acordaba del pequeño.

A media tarde del primer día de viaje pude llamar a mi marido que me dió rendida cuenta de sus andanzas: comidas, meriendas, siestas,… y el mayor se puso un poquito al teléfono 🙂 De fondo, oía el parloteo del pequeño.

La tarde del día siguiente, ya volvía para casa, pero el viaje se me hizo eterno, tenía la impresión de que iba cubriendo etapas del viaje (tren, aeropuertos, aviones, taxi,…), como quien hace una gymcana, sabiendo que al final del camino estaba mi premio. Cuando llegué a casa, el mayor me estaba esperando, aunque para él era un poco tarde para irse a la cama, pero como al día siguiente era sábado, no nos preocupó en exceso.

Cuando toca viajar por trabajo
Estación central de Amberes. Foto hecha por mi

El programa del viaje ha sido intenso, en parte, porque yo lo he querido así, para evitar estar fuera de casa mucho tiempo, por muchos motivos. El primero y principal es que echo mucho de menos a mis chicos. El segundo es que para uno solo los dos, al ser tan pequeños, dan mucho trabajo y entre dos se lleva mejor. Es más fácil dividir las tareas y encargarse cada uno de un niño. Porque nosotros hacemos equipo.

Personalmente, la experiencia no ha sido mala. Reconozco que iba un poco obligada. Irme de viaje tan pronto tras mi reincorporación me supuso una sorpresa, ya que al cambio de rutinas o de las rutinas nuevas que hemos ido introduciendo en nuestras vidas, el viaje ha supuesto un pequeño descabale doméstico, pero yo creo que hemos superado todos la prueba con nota, sobre todo, papá.

Y vosotras, ¿qué tal lleváis iros de viaje por trabajo dejando a la familia en casa?

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Bebé prematuro

Reincorporación: llegó el día

Después de casi un año en casa, llega el día en que hay que volver a reincorporarse al puesto de trabajo. Ha sido prácticamente un año (menos 15 días) lo que he estado en casa, sin ir a trabajar, porque en una casa nunca se para y menos cuando hay niños.

Antes de la reincorporación

Desde que me dieron de baja, hasta la reincorporación, yo diría que hemos pasado por tres fases. La primera, estando aún embarazada, me dieron de baja en la semana 25 por riesgo en el embarazo, ya que el bebé no crecía como debía. Fueron 6 semanas de reposo relativo, lo que en mi caso significó «hacer la marmota» por la mañana y por la tarde paseo hasta un banco del parque y vuelta a casa. Ya en la semana 29 el bebé empezó a dar muestras de no encontrarse muy a gusto dentro, pero había que aguantar. Cuando más tiempo estuviese dentro, mejor para él.

La segunda fase yo diría que empezó con el nacimiento del pequeño y hasta que le dieron el alta en el hospital. Esta segunda fase ya os la conté en este post, así que no me voy a repetir.

La última fase, la que aún estoy disfrutando, con el pequeño en casa. Sí, hemos estado de médicos, hemos tenido mocos y toses, estamos yendo a atención temprana, pero también tenemos sonrisas y carcajadas, pequeños avances en el desarrollo del pequeño, que va creciendo, a su ritmo y con su propia curva de percentiles, pero bien.

Llegó el momento

Ahora toca reincorporarse al puesto de trabajo, con muchas novedades por lo que me han ido contando mis compañeras y con incertidumbres (no a nivel laboral). Todas sabemos que como con una madre no se está con nadie más, y eso que el pequeño se va a quedar con una persona que es de nuestra entera confianza, que sabemos que le va a cuidar y mimar. Si bien es cierto que las incertidumbres y dudas son menos, porque ya he pasado por esto otra vez.

reincorporación

Muchos preguntaréis cómo ha sido tan largo mi baja por maternidad. Os cuento un detalle que no todo el mundo sabe (o por lo menos yo no lo sabía). Cuando fui a la oficina de la Seguridad Social a tramitar la prestación por maternidad, me lo comentó la persona que me atendía. El permiso de 16 semanas que otorga la Seguridad Social a una recién mamá empieza a contar a partir de que el niño sea dado de alta hospitalaria, si se ha quedado ingresado. Para ello, ya con el informe de alta, vuelves a la Seguridad Social y te dan una nueva resolución con una nueva fecha.

A lo que hay que sumar la acumulación del periodo de lactancia y las vacaciones de 2016 que no disfruté por estar de baja.

¿Cómo nos organizamos en casa?

Con mi reincorporación a trabajar, la logística doméstica va a cambiar un poco. Será mi marido el que se encargue de llevar al mayor a la escuela infantil, mientras que el pequeño se queda en casa con una persona, que ya fue la que cuidó del mayor cuando yo me tuve que reincorporar tras mi primera maternidad.

Mi marido y yo tenemos jornada intensiva, así que a las tres de la tarde (no siempre en mi caso) salimos de trabajar. El hecho de tener las tardes libres nos permite organizar las tareas domésticas y dejar comidas preparadas para el día siguiente. Pero, sobre todo, podemos disfrutar de los niños. Sí, tenemos suerte, nuestros trabajos nos permiten conciliar en cierta manera.

Ahora, empieza una etapa con nuevas rutinas para todos, para niños y adultos. Lo de la conciliación mejor lo dejamos para otro día.

Y vosotros ¿cómo habéis llevado la reincorporación al trabajo?

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