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Relato: un caldo de Navidad

María no esperaba mucho de estas fiestas navideñas. Total ¿para qué? En marzo, con el estado de alarma, su vida dio un giro de 180º, como la de casi todos. Aquel día aprendió a no hacer planes, a no pensar más allá y a esperar lo inesperable.

No era muy aficionada a leer el horóscopo. Más bien los leía al día siguiente para ver si habían acertado y echarse unas risas con Fran, su marido. Pero ese uno de enero de 2020, en contra de su costumbre y a instancia de uno de sus hijos, buscó su horóscopo en Google y entró en una de las miles de páginas que el buscador le devolvió a su búsqueda: «Tendrás una grata sorpresa».

Apenas había hecho planes para esos días festivos. En su trabajo, se había cogido unos días libres, pero no sabía qué hacer con tanto tiempo libre. Su marido trabaja como médico internista en uno de los hospitales de la capital y desde que todo esto empezó no había habido un día que llegase a casa «pronto». Su hijo mayor, Álvaro, enfermero en el servicio del SAMUR, tampoco ha parado, más que los días imprescindibles de descanso y, a veces, ni eso. Los mellizos, Pablo y Fernando, uno bombero y el otro policía. Nunca sabía cuando entraban y cuando salían de casa. Ya había perdido la cuenta de los turnos y las guardias de cada uno. Y Miguel, bueno, Miguel era un espíritu libre.

Por eso esa Nochebuena no había hecho planes. No sabía quién la iba a acompañar en la cena, así que prefirió no liarse a cocinar y que luego todo quedase ahí sin tocar. Lo que sí iba a preparar era un buen caldo casero. Siempre la sacaba de muchos apuros.

Así que a media tarde, harta de leer un libro, decidió que era buena hora para meterse en la cocina y preparar ese caldo. Con el frío que hacía fuera, que amenzaba nieve, un caldo era la mejor opción, aunque no fuese la cena de Nochebuena que ella habría tenido en mente en otras circunstancias.

Mientras las verduras cocían volvió a su libro, y allí sentada en la mesa de la cocina no oyó la cerradura de la puerta y cuando su marido dijo desde la puerta: «mmm, ¡qué bien huele!» se sobresaltó. Sabía que no podía abrazarle ni besarle hasta que se hubiese duchado, pero salió a recibirle con una gran sonrisa. «No te esperaba tan pronto«. A lo que él contestó: «Había poco lío en el hospital y decidí venirme. Si me necesitan, ya saben dónde localizarme«.

Mientras Fran entraba en el baño, María volvió a la cocina, pero no llegó a su destino. A medio camino, oyó el timbre de la puerta. Fue a abrir y para su sorpresa se encontró con Pablo, que con ojillos sonrientes, la miró y le dijo: «¡Hola, mamá! No sé dónde he echado las llaves«. A lo que ella respondió, con otra sonrisa: «Igual están en su sitio«. Y Pablo vió cómo, efectivamente, colgaban del llavero de la entrada… Antes de que pudiera cerrar la puerta, un pie se coló entre medias. Es de Fernando, siempre apurando.

María volvió a la cocina, donde tenía su caldo al chup-chup. Para su sorpresa, su marido y los mellizos estaban en casa y ella sólo había preparado caldo. Tendría que pensar en algo más. Y en esas estaba cuando oyó la cerradura de la puerta y a su hijo Álvaro que desde la entrada entraba gritando «¡Feliz Navidad!, me doy una ducha y me das un poco de ese caldo que anima el cuerpo y el alma«.

Tendría su gracia, que sin haber planeado nada se presentasen todos a cenar. Si además, venía Alicia, la eterna novia de Álvaro, ya sería una noche redonda. Alicia era como la hija que no había tenido. Se habían criado juntos y cuando empezaron a salir no sorprendió a nadie.

María estaba tan absorta en sus pensamientos y con la mirada perdida en la nevera que no oyó el telefonillo, hasta que Pablo desde el baño gritó: «¿Puede abrir alguien?«. Cuando María preguntó, nadie contestó y pensó que sería algún chaval gastando una broma. De repente, sonó el timbre de casa de forma insistente… Al abrir, su hijo Miguel estaba detrás de una gran bandeja cubierta con papel de plata. «Abran paso, que voy cargado» Gritó yendo a la cocina a paso vivo.

María no daba crédito a sus ojos. Tenía la cocina llena de gente, su gente. Su marido y los cuatro chicos se afanaban en poner la mesa del salón. En sus idas y venidas todos se acercaban en algún momento a oler su caldo, que ahí seguía impasible, al fuego.

Daba la sensación que el caldo que estaba en la cazuela les había atraído a casa en Nochebuena. Ella seguía pensando que había poca comida, a pesar de la bandeja gigante que Miguel había traído llena de canapés variados.

En un momento dado del trajín pre-cena, Álvaro se asomó a la puerta de la cocina y casi susurrando le dijo «ahora vengo» y desapareció. A María no le dio tiempo a procesar la información, estaba ocupada dando indicaciones a los mellizos dónde estaba la vajilla de «festivo» y la cubertería. ¡Qué trajín! y ella que pensaba tomarse un caldito tranquila…

Por fin, estaban todos sentados a la mesa, pero Álvaro no había vuelto ¿Dónde andaría?. Fran le dijo que empezase a servir el caldo, que el chico volvería pronto. Le daba pena empezar sin él, hace un momento les tenía a todos en casa y ahora Álvaro se había ido ¿dónde estaría?

Cuando ya se había resignado a empezar a cenar sin él, su voz alegre sonaba desde la entrada y le acompañaba la voz inconfundible de Alicia: «¡Feliz Navidad, traigo el postre!» Fernando se apresuró a ponerle un plato de caldo en la mesa.

María no se lo podía creer, tenía alrededor de la mesa a todos sus seres queridos, cuando ya no esperaba nada de aquel día y menos de aquel año, se encuentra rodeada de la mejor de las compañías que podía soñar. Pues iba a tener razón el horóscopo de aquel día 1 de enero… La grata sorpresa había tardado casi un año en hacerse realidad.

caldo navidad

Con este relato, participo en el concurso organizado por Madresfera en colaboración con Caldos Aneto. Espero que disfrutéis con su lectura como yo he disfrutado escribiéndolo.

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